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ARTICULOS DE INTERES

Afecto para producir mas y mejor | LA NACION / Sección 5 

Tengo que confesar que siempre me ha molestado la actitud de los que trabajan a desgano rindiendo muy por debajo de lo que pueden rendir.
Esto no tiene que ver con la edad ni con el sexo ni con la formación de cada uno. Es una actitud frente a la vida. Cualquier puesto es importante para subestimar la incorporación de una persona a una empresa y esa tarea requiere el máximo de atención por parte de quien lo realiza.
Hay una multitud de gente que “nació cansada” y que a nadie le conviene incorporar a ninguna actividad. Cualquiera se da cuenta cuando un postulante tiene “garra” o nunca la va a tener. Y esa es una de las virtudes mas importantes a considerar.
Un abúlico, un desganado, un negativo, además del perjuicio que le causa a la empresa por la mala realización de un trabajo, contagia a sus compañeros. El secreto de la combinación optima es una verdad de perogrullo. Gente bien elegida, trabajando contenta para dar el máximo de lo que es capaz de dar. Pero ocurre muchas cosas veces que alguien que fue bien seleccionado por su capacidad y por su características pierde las ganas y el interés una vez adentro de la empresa: se desmotiva. Hay empresas (conozco varias) donde el personal esta deseando irse y contrariamente a lo que uno supondría el principal problema no es el económico. La gente se queja de que no se la considere, de que no se le comenten las políticas de la empresa, quiere saber porque hace las cosas que hace. Quieren que se la tenga en cuenta, se le explique porque una determinada practica se esta comenzando a implementar, que beneficios trae y esto es imprescindible, da excelentes frutos y una muy buena parte de los empresarios de punta lo han puesto en practica desde hace años.
Pero además hace falta preocuparse por los empleados como personas, saber sobre ellos, interesarse, darles una mano cuando la necesiten. Hace falta el dialogo que sea parte de lo estrictamente laboral y que sin interferir en la vida de cada uno de ellos, les demuestre que la empresa se preocupa por ellos. Hace falta estimularlos por sus logros. Me gratificaba mucho ver como el Ing. Osvaldo L. Mendizábal, un hombre talentoso, había conseguido en su firma un clima de trabajo casi ideal. Gente que quería a la empresa trabajando a gusto. Me ha tocado hablar con varios de sus ex empleados años después de su muerte y es notable ver con que aprecio y admiración hablan de su ex jefe. Esto no se consigue con prepotencia. El, con su dialogo y con su ejemplo, había conseguido lo que otros aun hoy no han conseguido: que el personal sienta que la empresa en que trabaja es su empresa. Que el personal se sienta parte de la empresa, se alegre con los éxitos y se preocupe cuando las cosas no andan bien, se enorgullezca de pertenecer a una firma no es en definitiva tan difícil de conseguir cuando se recuerda que se trabaja con personas, que piensa, que se entristecen, que se alegran y que necesitan del estimulo y de la palmada cariñosa (no demagógica) de sus jefes para sentirse reconfortados y trabajar a gusto, con entusiasmo.
“Pueden ustedes comprar el tiempo de un hombre, pueden comprar su presencia física en un lugar dado, pueden hasta comprar cierto numero de hábiles movimientos musculares profesionales por hora y por día. Pero ustedes no pueden comprar el entusiasmo, no pueden comprar la iniciativa, no pueden comprar la buena voluntad, no pueden comprar la lealtad de los corazones, los espíritus y las almas. Deben ustedes conquistar todas estas cosas”. Clarence Frances.

La juventud es un estado de animo | LA NACION / Sección 5  

La juventud termina cuando se apaga el entusiasmo”, José Ingenieros.
No era una llamada común la de mi amigo. Estaba pidiendo algo muy especial que salía de los moldes que se encuadra cualquier pedido de trabajo. Quería una entrevista para acompañar a un hombre, según el muy valioso que acaba de quedar desocupado. Conociéndolo supuse que valía la pena ver de quien se trataba.
Nos encontramos enseguida. Conversamos largo rato los tres. Venia presentando a un hombre muy interesante que acreditaba una trayectoria excelente durante muchos años de trabajo, casi todos en una misma empresa, con sobrada experiencia en el manejo de campos de punta, pero con una gran contra para los ojos de muchos : sus 56 años.
Por entonces estábamos realizando la búsqueda de un hombre con su perfil para un empresario de los que están atrás de la eficiencia. No me costo demasiado convencerlo de que este podría ser el hombre que valía la pena probarlo.
Los exámenes psicotécnico, socio ambiental y medico avalaron mi diagnostico inicial y el hombre, sin reponerse de su asombro, entro en se nuevo trabajo en pocos días. Lleva casi un año y medio y ha respondido con creces a las expectativas que se habían depositado en el. Existe una falsa creencia y un endiosamiento de los jóvenes, que lleva a la exclusión de la gente que pasa los 40. es cierto que hay puestos que solo pueden ser desempeñados por gente joven, pero hay otros en los que , además de ellos también puede colocarse gente mayor y con algunas ventajas entre las que acreditaría la experiencia, una mayor estabilidad laboral y menores problemas derivados de tener hijos por solo citar unos pocos.
Hay jóvenes viejos y hay gente que no va a ser vieja nunca y que están en perfectas condiciones para desempeñarse muy bien en un trabajo. Entonces ¿Qué razón hay para excluirlos? Creo que la juventud es un estado de animo.
Como dice Ingenieros, se es joven mientras hay entusiasmos. Un hombre de 50le puede dar a una empresa mucho años de buena experiencia. Algunos mas, tal vez, que algún joven por la falta de madurez que dan los años va “picoteando” de trabajo en trabajo en busca de la panacea.
Hay mil ejemplos para citar. Este es uno de ellos, pero hay muchos otros ejemplos.
Uno, siempre me acompaña, es el de un abogado de 88 años que trabajo hasta hace pocos meses antes de morir y que tuvo la lucidez de un joven y la vitalidad para ensillas el mismo su tordillo para salir a recorrer el campo disfrutando de cada una de las cosas que encaro. Era mi padre y a veces me surge una sonrisa cuando pienso que si alguien lo hubiera discriminado a los 50 por su edad se hubiera perdido tal vez los 38 mejores años de trabajo, de creatividad, pero , por sobre todo, de experiencia.
Y aunque hubiera sido muchos menos, les aseguro que habría valido la pena.

Se busca gente prolija y ordenada | LA NACION  

El camino de tierra separaba el campo de don Elogio Hernandorena de Los Toros, el que mi padre acababa de recibir en Costa Uruguay Sur, en el departamento entrerriano de Gualeguaychú.
Don Elogio estaba jubilado como mayordomo administrador y fue a pasar sus últimos años en ese campito de su propiedad, donde se dedicaba a la ganadería. Yo, con mis once años y una cultura muy urbana a cuestas, intentaba dar los primeros pasos en una actividad nueva para mí, la agropecuaria.
Don Eulogio era un personaje que, con el tiempo, aprendí a admirar. Se trataba de un hombre callado, observador, detallista y con una característica que lo distinguía: era prolijo y ordenado, casi en exceso. Tenía el campo y la casa que daban gusto.
Ni un solo alambre cortado o flojo, ni una tranquera en mal estado, novillos relucientes y un orgullo que no podía disimular cuando contaba que en su campo no había malezas, ni hormigueros y ni hablar de vizcacheras.
Si había algo que lo sacaba de sus casillas, por ejemplo, era que alguien dejara tirada una tranquera de alambre y las vacas le pasaran por encima. “Eso es ser arrastrado”, decía con los ojos brillantes de rabia. No había en su campo un alambre olvidado en el suelo o una osamenta, ni siquiera un papel. Todo estaba como correspondía, hasta los árboles del monte natural eran podados de manera tal que la hacienda tuviera buena sombra.
Es cierto que en esa época no existían las computadoras ni se hacía gestión, pero estoy seguro de que, de vivir hoy, don Eulogio hubiera utilizado todas las herramientas y la tecnología como para sacar la máxima rentabilidad de su empresa. Pero lo que muchas veces he pensado es que el ser una persona ordenada, metódica y prolija resulta esencial si se quiere hacer las cosas bien en cualquier actividad que se desarrolle. En cambio, en medio del desorden no puede esperarse ningún resultado interesante.
Es necesario buscar esa característica cuando se quiere incorporar a alguien. A veces, cuando un postulante abre su agenda frente a mi no puedo reprimir la curiosidad y miro para ver con qué grado de prolijidad la lleva. Es cierto que no descartaría a una persona interesante que no fuera ordenada, pero sumaría puntos si además lo fuera.

Recuerdo de un paisano detallista

Para volver a la historia, no puedo dejar de contar que me hice muy amigo de ese vasco singular, con quien curiosamente nos tratamos siempre de usted.
Para mi era una fiesta cuando lo visitaba a la tardecita, cuando ensillaba mi caballo con especial esmero, sabiendo dónde iba y poniendo en práctica esos consejos que aprendí de él: el animal bien rasqueteado y cepillado, con sus crines tuzadas, su cola recortada, desvasado y al paso, sin perder detalle de todo, los animales, los alambrados, los sembradíos….
Han pasado muchos años desde que lo conocí y, sin llegar a la obsesión, sigo pensando como él, que la prolijidad y el orden desde la tranquera denotan qué clase de persona es el dueño de un campo.
Cuando veo a los chicos y chicas de ciudad usando bombachas de campo invariablemente con el botón junto al tobillo desprendido, me acuerdo de haberlo visto diciendo con su picardía habitual a uno de sus empleados: “Se le desprendió el botón de abajo, mi amigo”, como si se hubiera tratado de un olvido, sabiendo que no era así. Y yo, aunque no les diga nada, termino pensando en don Eulogio.

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